Por Cheché Vidal
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(Este artículo es el primero de seis de una serie especial en Dribbli Ethosport: el registro de mi trabajo como miembro del Consejo del CIFP evaluando actuaciones éticas en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano Cortina 2026.)
El deporte de alto nivel suele asociar la excelencia con la victoria. Medallas, récords y podios dominan el relato del éxito. Sin embargo, en ocasiones excepcionales, la competición revela algo más profundo: una excelencia que trasciende el resultado y deja al descubierto el verdadero carácter de un campeón.
Ilia Malinin llegó a los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano–Cortina no solo como favorito, sino con una visión artística profundamente personal. En los meses previos, reformuló sus programas buscando un lenguaje musical que expresara algo esencial para él como competidor: la importancia de aprender a luchar contra cada obstáculo y de hacerlo hasta el final.
Para el programa corto había elegido The Lost Crown, la corona perdida; para el libre, una pieza titulada A Voice, una composición instrumental con frases habladas en su propia voz. Malinin grabó él mismo las palabras que formarían parte de la música: un mensaje sobre crecer, superarse y no rendirse. Cada nota, y cada palabra, estaba pensada como una fuente de inspiración para encarnar una forma de virtuosidad competitiva, en la que el verdadero campeón se mide por su capacidad de sobreponerse a la adversidad a través del esfuerzo incansable, el agonismo de los griegos, esa lucha que da sentido a la vida y que, en su caso, lo guiaba en la persecución de su soñado oro olímpico.
Todo parecía alineado para la culminación de ese recorrido. Era el gran favorito. Y entonces, bajo la presión implacable de la competición olímpica, ocurrió lo inesperado. Una serie de caídas quebró la actuación y, con ella, las aspiraciones de medalla. Y lo hizo mientras su propia voz seguía sonando en la pista, diciéndole que no se rindiera.
Cuando se anunciaron las puntuaciones y la realidad de quedar fuera del podio se hizo evidente, el golpe emocional fue profundo. Fue, probablemente, el momento más doloroso que podía imaginarse. Le tocó esperar sentado, y llorando, a que el último atleta terminara su actuación, que fue premiado con el oro. En aquel momento, como si volviera a respirar a través de esa misma voz que él mismo había grabado para instarse a seguir adelante, fue cuando Malinin realizó el gesto que define esta historia: se dirigió hacia el medallista de oro, lo abrazó y lo felicitó con sinceridad.
Fue un gesto que le salió del alma. Del alma invencible de un campeón que sabe que, incluso con el mundo entero mirando, siempre habrá otra competición, otra oportunidad para volver a intentarlo; que entiende que la medalla de oro que no llegó en ese momento es menos importante que la grandeza que se demuestra como ser humano. Y por eso aplaudió al ganador.
En ese instante, la competición reveló su dimensión ética más profunda. Todo fue dignidad y respeto, a pesar del resultado.
El gesto de Malinin demostró que la excelencia no se anula con el fracaso y que la grandeza conserva su sentido incluso cuando la victoria se escapa. Fue competitividad virtuosa en su forma más pura.
Por ello, la deportividad de Ilia Malinin tras la derrota constituye un caso ejemplar para ser considerado por el Comité Internacional de Fair Play. Es una expresión viva de lo que el Fair Play representa hoy: excelencia con honor, virtuosismo con integridad y el coraje de seguir siendo plenamente humano en los momentos más exigentes de la competición.

